Por Emmanuel Montivero

El 27 de abril de 1979 se produjo el primer paro general convocado por la CGT durante la Dictadura. Saúl Ubaldini, dirigente de Cerveceros – un gremio minoritario y por consiguiente, “menos observado” por la agencia terrorista estatal – fue capaz de utilizar los ventrílocuos del orden impuesto para habilitar un acto sin parangón. Del riñón de Lorenzo Miguel, Ubaldini supo conquistar su autonomía cuando eligió Brasil sobre Azopardo. Le valió un corto período de exposición a las FF.AA., pero apostó a posicionarse como el dirigente memorioso que era capaz de interponer recursos de amparo, pedidos de paradero, saludar a los dirigentes sindicales presos a disposición del Poder Ejecutivo y así, ganarse el odio propio y ajeno.

La historiadora de la Universidad Nacional de San Martín e investigadora del CONICET, Dra. Marina Franco plantea que el año ’79 es el inicio del final de aquella clausura democrática. Se necesitó de múltiples denuncias por violaciones flagrantes a los DDHH, cometidos por el propio Estado, de la visita de una comisión de la CIDH, de las limitaciones económicas impuestas por el entonces presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, del activismo de la sociedad civil y sindical para finalizar con el letargo y la legitimidad de la represión “antisubversiva” que el proyecto dictatorial supo conseguir. El elemento catalizador de aquellas microresistencias fue el final del período de gracia del shock económico. Desde 1976, el Estado genocida intervino en el mercado – paradójicamente liberado, corriéndose de las capacidades para formar y controlar precios – para garantizar una transferencia de ingresos de la base social a aquellas empresas que sostenían la “reorganización nacional”. Hacia 1979, la crisis de la deuda y parálisis inducida de la actividad productiva en las economías regionales comenzaba a visibilizar las consecuencias de la planificación económica de Martínez de Hoz y sus chicago boys. Al mismo tiempo, la salida – escénica y mitificada – de Emilio Massera del triunvirato con fuertes críticas a la política de desindustrialización implementada; terminaba de ilustrar un escenario de horizonte incierto.

Era en abril cuando Ubaldini se invistió de la liturgia de los de abajo, de los perseguidos por la Dictadura aún con el peligroso abismo que eso implicaba. El deshielo de la transición le permitió adelantar posiciones con respecto a Jorge Triaca, Casildo Herreras o el mismo Lorenzo Miguel. Supo sortear con habilidad – casi tanto como Italo Lúder – los tironeos entre las tendencias mayoritarias del peronismo y quizás con suspicacia y lectura de futuro, no sucumbir ante el torbellino electoral del alfonsinismo.

Para la narrativa posdictatorial, la figura de Ubaldini condensa una resistencia absurda del peronismo a la democratización sindical que ofrecía la llamada Ley Mucci. A las, siempre sospechosas, miradas que despertaba la columna vertebral del movimiento peronista en nuestras reificadas clases medias, se le adosaron aquellas que buscaban extirpar de la ecuación del Estado concertado a la tradición sindical argentina. Sobre los prejuicios del antiperonismo, montaban críticas a la irreverencia que siempre había caracterizado a los cabecitas negras. Al final, y reconocido por uno de los “agentes” de la intelligentzia alfonsinista, la derrota ante los sindicatos se había producido por el gorilismo inexpugnable de la identidad radical. Las tintas cargadas contra el corporativismo de Ubaldini y los suyos debieran cargárseles a la Junta Renovadora porque si algo nunca consideraron fue que la deseada concertación necesitaba al peronismo adentro. Mataron la excepción de una posdictadura socialdemocrática, confirmaron la norma de su conducta histórica: el inmanente deseo de domesticar, de normalizar al peronismo y su rebeldía congénita.

La biopolítica del menemismo lo dejó fuera. Su imago conservaba la campera de cuero cuando la norma se trasladaba a las fantasías de Versace, Armani y Ralph Lauren. Al Ubaldini sin remera y con megáfono arengando a la “gran masa de la clase obrera” lo sustituyeron los deseos argentinos de inscribirse en la opulencia, y se recluyó en una vieja oficina de la CGT, puteando al destino que se conducía la patria menemista.

El atisbo de una crisis sin precedentes lo encontró entusiasmado por el retorno de lo libidinal del peronismo, por el encanto de sus pasos cuando decide movilizarse, cuando decide trastocar la gramática del Estado burgués. En ese momento, las figuras de Hugo Moyano, Alicia Castro y Juan Manuel Palacios hacían tambalear los prejuicios del antiperonismo y hasta podían encontrarse por las marchas a “gente de saco y corbata”, le contestaba el propio Ubaldini a un preocupado Nelson Castro, luego de un masivo paro en agosto de 1996.

Aquel fin de siglo, escribiría Raúl Carnota, dejaba un tendal de “utopías muertas por computadora” pero “nuevos eruditos y viejos salvajes” que continuaban torciendo el status quo. Escenario predilecto para los sindicalistas que se criaron en las prácticas de resistencia, “metiendo caño, dando la vida por Juan Perón”, reza un cántico militante.

En 2006, Saúl Ubaldini murió a los 69 años. Los tiempos de la naturaleza no esperan a la política y la vida de Ubaldini no esperó a la belle epoque del kirchnerismo. Entre sus primeras experiencias en el Frigorífico Lisandro de la Torre y las treguas con un gobierno que hacía un laudato de la tradición sindical argentina, había pasado nada más y nada menos que la historia del país burgués y su hecho maldito. Saúl Ubaldini fue uno de los personajes estelares.

La historia necesita mantener cierta distancia analítica para objetivarse, de algún modo para procesar ese encuentro – imaginario – con lo real. El oficio de historiar está vinculado a dispersar actos de justicia, y del mismo modo que la práctica dela divulgación ha ubicado a Alfonsín en una posición más justa con la relevancia que tuvo y el papel que jugó en nuestra historia inmediata, a Ubaldini le cabe el mismo lugar. A pesar del lugar antitético que ambos ocuparon en un momento particular, la historia de nuestro país se hizo precisamente por la potencia política de las síntesis entre los antagonismos.

A Ubaldini, aquel que se sumó al activismo sindical de la mano de Sebastián Borro y Lorenzo Miguel, al que se levantó un 27 de abril de 1979, al que gritó desaforado “paz, pan y trabajo” en la eclosión dictatorial un 30 de marzo de 1982, al de los trece paros en la reapertura democrática, al que se subió al carromato de Menem y se bajó para denunciar la traición del riojano, al que se incorporó a ese heteróclito escenario de ahorristas estafados por los bancos, de progresistas buscando cambiar el mundo sin tomar el poder, de asambleas barriales y roscas legislativas; más temprano que tarde, la historia lo ubicará en el lugar que le corresponde.

2 Comentarios

  1. Es interesante retomar las categorias filosóficas para pensar nuestra historia. Historia de sujetos situados diria el profesor José Pablo Feinman. El artículo me sonó en un tonó Foucaultiano y Benjaminiano. Creo que de eso se trata. De reescribir la historia. Y de inscribir y reinvidicar a quienes quedaron en la sombra, aún aportando tanta luz.

    La verdad que hay gran parte de la historia Argentina que desconozco. ¿Quién puede saberla toda no?. Pero la ignoracia me permite aprender. Creo que es su condición.

    Gracias por tomarte el tiempo de aportar un granito más a la historia Argentina. Por el esfuerzo de releer la historia de una manera compleja. Para captuar, como decis, ese real, que muchas veces, en su astucia se nos escapa.

    Admiro profundamente tu oficio de historiador. Y tu esfuerzo no solamente intelectual, sino de práxis por rescatar a figuras que aparentan estar diluidas. Ya habías comenzando con Isuauro Arancibia. Hoy Ubaldini. Espero que sigas así. En ese laborioso oficio de investigar con rigurosidad y, por su puesto, con libertad.

    Te felicito Emmanuel. Abrazo!

  2. Es interesante retomar las categorias filosóficas para pensar nuestra historia. Historia de sujetos situados diria el profesor José Pablo Feinmann. El artículo me sonó en un tono Foucaultiano y Benjaminiano. Creo que de eso se trata. De reescribir la historia. Y de inscribir y reinvidicar a quienes quedaron en la sombra, aún aportando tanta luz.

    La verdad que hay gran parte de la historia Argentina que desconozco. ¿Quién puede saberla toda no?. Pero la ignoracia me permite aprender. Creo que es su condición.

    Gracias por tomarte el tiempo de aportar un granito más a la historia Argentina. Por el esfuerzo de releer la historia de una manera compleja. Para captuar, como decis, ese real, que muchas veces, en su astucia se nos escapa.

    Admiro profundamente tu oficio de historiador. Y tu esfuerzo no solamente intelectual, sino de práxis por rescatar a figuras que aparentan estar diluidas. Ya habías comenzando con Isuauro Arancibia. Hoy Ubaldini. Espero que sigas así. En ese laborioso oficio de investigar con rigurosidad y, por su puesto, con libertad.

    Te felicito Emmanuel. Abrazo!

Dejar respuesta